La campaña partía de una premisa clara: el producto debía formar parte de un relato, no ser el centro aislado del mensaje. La narrativa audiovisual se diseñó para aportar contexto, carácter y coherencia visual.
Cada decisión —desde el encuadre hasta el ritmo de edición— buscó reforzar identidad y diferenciación.
Se definió conjuntamente el enfoque estratégico, articulando acciones y piezas audiovisuales alineadas con la identidad de marca. A partir de ahí se desarrolló un plan de rodaje detallado, con escaleta y referencias visuales, asegurando coherencia estética y narrativa.
La ejecución incluyó coordinación de equipo durante la grabación y participación activa en la edición y construcción de copys, integrando creatividad y criterio en todas las fases del proceso.
La coordinación técnica y creativa fue clave para mantener consistencia entre concepto y ejecución. El rodaje se planteó con estructura clara, pero con margen para capturar momentos orgánicos.
El resultado fue una campaña audiovisual sólida, pensada no solo como contenido, sino como herramienta de posicionamiento.